Durante años, la evolución de la ventana ha seguido una dirección clara: alcanzar niveles de hermeticidad cada vez mayores. El objetivo era mejorar la eficiencia energética de los edificios, reducir las pérdidas de energía y ofrecer interiores más confortables. Y lo ha conseguido.
Pero esa evolución también ha cambiado la forma en que respira una vivienda. Cuando una envolvente se vuelve prácticamente estanca, el aire interior deja de renovarse de manera natural. La humedad, el CO₂ y otros contaminantes permanecen más tiempo dentro de casa, afectando a la calidad del ambiente que respiramos cada día.
Esa misma falta de renovación tiene otro efecto, menos visible pero igual de real: la condensación. El vapor de agua que genera cualquier vivienda —al cocinar, ducharse o simplemente respirar— necesita un lugar por donde salir. Cuando no lo encuentra, se deposita en las superficies más frías, como el vidrio o el propio marco. Cuanto más hermético es un sistema, más fácil es que esa humedad quede atrapada dentro. Con el tiempo, puede derivar en moho o en el deterioro del cerramiento.
No se trata únicamente de una cuestión de confort. Es una cuestión de salubridad.
Por eso, la normativa se adelantó al mercado. El Código Técnico de la Edificación exige que las viviendas dispongan de un sistema capaz de garantizar la renovación del aire interior. La microventilación integrada en la ventana es una de las soluciones que permiten cumplir este requisito de forma sencilla y prácticamente imperceptible para el usuario.
Aquí aparece un nuevo equilibrio. Cuanto mayor es la hermeticidad de una ventana, mayor es también la necesidad de controlar cómo se renueva el aire del interior. Las infiltraciones involuntarias que durante décadas formaron parte de cualquier vivienda desaparecen con las nuevas prestaciones, y con ellas también desaparece esa renovación espontánea que ayudaba a mantener el equilibrio ambiental.
La eficiencia y la calidad del aire ya no son objetivos independientes. Hoy forman parte del mismo reto.
Ventilar sin tener que acordarse
Esta nueva realidad trae consigo otra exigencia para quien vive en la casa: acordarse de ventilar cada día, durante unos minutos, para mantener ese equilibrio. Es una tarea pequeña, pero una tarea más. Por eso, algunos de nuestros sistemas integran la microventilación en el propio diseño de la ventana, de forma manual o, en ciertos casos, de forma automática: Sensores de CO₂ supervisan continuamente la calidad del aire interior y, cuando es necesario, activan una apertura mínima y automática que renueva el ambiente sin intervención del usuario. Todo se programa desde una aplicación, y el sistema puede integrarse con otros dispositivos de control: detección de humo, de aire contaminado o incluso de rachas de viento fuerte en el exterior, adaptando la ventilación a lo que ocurre dentro y fuera de la vivienda.
En las ventanas abatibles conviven las dos opciones. La versión manual se activa desde la propia manilla: una posición de microapertura separa la hoja apenas unos milímetros, lo justo para que el aire se renueve sin abrir la ventana. La versión motorizada lleva esa misma idea un paso más allá.
En las correderas, la solución es distinta. Consiste en una separación de apenas unos milímetros entre la hoja y la junta de felpa, suficiente para permitir una renovación controlada del aire sin necesidad de abrir la ventana. Es una solución manual, más económica, que garantiza la microventilación sin renunciar al cierre del sistema.
Funcionan precisamente porque pasan desapercibidas.
La vivienda mantiene una calidad de aire constante, sin condensaciones ni humedad acumulada, sin alterar el confort, la eficiencia energética ni el uso cotidiano de la ventana. Durante años, una buena ventana se ha medido por lo que dejaba fuera. Hoy también se mide por el aire que se respira dentro.
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